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miércoles, 13 de julio de 2011

Hipocampo

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...Las carcajadas se escuchaban desde lejos. Jorge estaba confundido; sentía la panza llena de arlequines. Le había dicho cientos de veces que no le gustaban las pasas de uva, sin embargo Esmeralda, terca como una mula, fue hacia la cocina. Resignado, se asomó por la ventana y vio un hipocampo (1) (2) naciendo del árbol. Por entre el humo del cigarro, lo observó profundamente. Pudo sentir cómo se unían sus neuronas con las del hipocampo. Jorge se sintió nacer de aquel árbol, solitario, y sin lugar en el mundo. Se preguntó cómo habría llegado hasta allí un hipocampo, un hombre-hipocampo naciendo de un árbol. Se preguntó entonces cómo habría llegado hasta allí, un hipocampo-hombre en casa de Esmeralda, si nunca le gustaron las pasas de uva. Esmeralda regresó de la cocina con el pan dulce, Jorge le miró las manos; los dedos anillados de ella se enroscaban como serpientes. La recorrió con la mirada; hasta el momento no había advertido que sus ropas chorreaban flecos de colores. Quiso tocarlos, pero se le escurrieron entre los dedos hasta desaparecer. La miró a los ojos; amebas de vivos colores brotaban de ellos, recluyéndolo todo a un átomo de nada. Nació entre ambos un ya antiguo abismo de claridad sin fin. Ella, revolviendo las fotos borrachas, le contaba sobre los panameños y los cascos blancos, el leopardo y el wisky, el rouge y los disparos. Jorge, mientras, comía el pan dulce. “La parte siempre condiciona al todo”, pensó. Sirvió dos copas de caña de maíz, y entre carcajadas de hipocampo, brindó.
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Notas:
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(1) Hipocampo (animal): Los caballitos de mar o hipocampos (género Hippocampus) son un grupo de peces marinos pertenecientes a la familia Syngnathidae, que también incluye a los peces pipa. Su nombre se debe al peculiar parecido que presenta su cabeza con la de los caballos. De hecho, la característica de tener la cabeza en ángulo recto con el resto del cuerpo no se da en ningún otro género de peces. El cuerpo de los caballitos de mar está cubierto por una armadura de placas o anillos de constitución ósea. Su forma de nadar es muy diferente a la de los demás peces. Adoptan una posición erecta, impulsándose con su aleta dorsal. No tienen aleta anal. En su lugar tienen una cola prensil que se enrolla en espiral y les permite aferrarse a tallos y plantas subacuáticas. Es la única especie animal donde el que queda fecundado es el macho. La hembra usa su ovopositor para insertar los huevos maduros dentro de la bolsa incubadora del macho, en donde son fertilizados.
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(2) Hipocampo (anatomía): El hipocampo es una de las principales estructuras del cerebro humano y otros mamíferos. El nombre le fue dado por el anatomista del siglo XVI Giulio Cesare Aranzio, que advirtió una gran semejanza con la forma del caballito de mar o hipocampo. (…) Al igual que el resto de la corteza cerebral es una estructura pareada, con dos mitades que son imágenes especulares en ambos hemisferios cerebrales. (…) Los estudios sobre su función en humanos son escasos, pero se ha investigado ampliamente en roedores como parte del sistema cerebral responsable de la memoria espacial y la navegación. (…)En la enfermedad de Alzheimer el hipocampo es una de las primeras regiones del cerebro en sufrir daño. Los problemas de memoria y desorientación aparecen entre los primeros síntomas. El daño al hipocampo también puede proceder de situaciones de hipoxia, encefalitis o epilepsia del lóbulo temporal. Las personas que han sufrido un daño extenso en el hipocampo pueden experimentar amnesia, es decir, la incapacidad para adquirir o retener nuevos recuerdos.
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El hipocampo de la Gran Nebulosa de Magallanes – Foto: NASA, ESA, y M. Livio (STScI)
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jueves, 23 de junio de 2011

Persianas

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...Aquella tarde no sería una más. Nos encontrábamos en el muelle disfrutando de lo que había sido, hasta el momento, un día radiante de sol; día de horizonte infinito y agua clara. Todo alrededor era verde y flores. Las mariposas parecían bailar al ritmo del canto de los pájaros. Nuestros ánimos se hallaban muy alegres; habíamos llegado al lugar y resultó ser mucho más hermoso de lo que nos había vendido la agencia de viajes. La casa donde nos alojábamos se encontraba a unos metros de la costa. La inmensidad de aquel horizonte sería nuestra vista durante los quince días de nuestras vacaciones. Recién llegados al pueblo y apenas instalados en la casa de alquiler, no pudimos evitar ir a disfrutar, mate mediante, de una tarde absolutamente plácida en contacto con la naturaleza.
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...El cielo se disponía a regalarnos un diáfano atardecer, cuando una brisa, que al instante se transformó en viento, trajo el típico color plomizo y un aroma a lluvia inminente. La bruma comenzó a descansar sobre las aguas. Tranquilamente, comenzamos a “levantar campamento” y juntamos nuestras cosas para partir. Ya las primeras gotitas de lluvia nos avisaban que el recreo había terminado.
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...Con todo lo nuestro a cuestas, comenzamos a caminar hacia la casa. Nos daba risa las travesuras que el viento hacía en nuestras ropas y en nuestras cabezas. Comenzamos a apurar el paso. La tormenta ya estaba declarada y las aguas comenzaban a agitarse con violencia. Al mirar atrás, pudimos ver como se iba asolando aquel lugar. Nos costó creer el tiempo; habían pasado segundos no más, como mucho uno o dos minutos.
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...Corrimos los últimos metros hacia la puerta para no resultar pasados por agua. Ya a salvo en nuestra casa, observamos el espectáculo a través del ventanal. Apenas podíamos adivinar el muelle, donde segundos antes (minutos tal vez) disfrutábamos del sol. Ya no se distinguían las barandas, desdibujadas por el agua, la bruma y el viento amenazante, que se llevaba consigo todo a su paso.
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...De pronto por entre la bruma clara que no nos dejaba ya ver el paisaje, divisamos una silueta oscura. En cuestión de segundos divisamos otra más. Eran varias; eran muchas. Se acercaban muy lentamente, por entre medio de la tormenta, con una serenidad fantasmal. Eran mujeres de cabellos largos y claros. Nos miraban fijo, inexpresivas, y lentas no dejaban de avanzar hacia nosotros. Nos miramos con pánico; no podíamos entender de dónde salían estas mujeres y su serenidad, que contrastaban profundamente con la violencia de la tormenta. Su avance era lento, y su intención estaba claramente depositada en nosotros.
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...Presos del miedo, tan pronto como pudimos, corrimos a bajar las persianas de madera, ya que sería lo único (creímos) que les impediría el paso. Primero fueron las persianas del living, mientras nos preguntábamos si esto las detendría. Luego corrimos a hacer lo mismo en la ventana de la habitación. Pero allí fue más complicado; las mujeres habían ganado un poco más de terreno. Ya sus brazos abrían los vidrios, y para impedir la bajada total de la persiana colocaban trapos, trozos de sus vestidos oscuros que ellas mismas se rasgaban, sin abandonar su fantasmal parsimonia. Mientras bajábamos la persiana, forcejeamos mano a mano, corriendo el peligro de amputarles las manos a ellas. O a nosotros.
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...El tiempo consumido en esta lucha, nos había hecho olvidar de la otra habitación. Gritamos, les gritamos, nos gritamos. Y ellas seguían avanzando, serenas, con sus ojos blancos, sus ropas oscuras rasgadas y sus cabellos claros. Corrimos. Pero ya era tarde.
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...Ya no hubo contra qué luchar, ni de quién huir. Ya no gritamos. El pánico por fin nos abandonó.
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... Ahora nuestro andar es lento, sereno. Nuestras ropas están rasgadas, y nuestros ojos se han aclarado, al igual que nuestros cabellos, largos, lacios. Y cada día somos más.
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martes, 14 de junio de 2011

El torero sin toro

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.....El aire estaba teñido en sangre. Se sabía mediocre, traidor a su especie; alguien que jamás había acertado. Recordó su último vino, y las tonalidades verdosas y anaranjadas. La ovación, como una lluvia de granates, lo hacía delirar. Su mente no tuvo otra salida que ir hacia donde habitan los colores y las notas musicales. Recuerdos malparidos surgieron como una amenaza acechante, siempre dispuesta a atacar. Fue como un barco a la deriva, timoneado por caballos de marfil compitiendo un desconsuelo. Las interferencias venían desde una eternidad impenetrable, y no cesaban de plasmar lugares en su recuerdo. Intentó dejar todo atrás, dejar para siempre las pérgolas que planeaban sobre su cabeza de jade, los elefantes naranjas remando desde las estrellas y un mundo que no entendía.

.....Hasta que por fin llegó la claridad, clara como el aire, clara de nieve. Estaba hecha de terrones de azúcar y de música de mandolinas derritiéndose en timbales de arroz. El retumbar de las cacerolas se desintegraba como calesitas de telgopor. Y entonces volvió a nevar. Todo se cubrió de esponjas blancas, de babas del diablo y nubes con forma de pompón.

.....Vio cómo desde el piso llegaban ángeles. Tomaron el cuaderno papel araña y se pusieron a dibujar sus silencios, sus años de escuela vencidos, y su desencuentro desde el alma con aquella mujer del vals. Recordó sus labios, desflecados. Disfrutó del contraste entre sus pulmones llenos y el rostro de ella, azulándose más y más con cada intento, con cada espasmo.

.....Las cadenas al fin se soltaron, pero su mente quiso seguir buscando, revolviendo cenizas en ollas de madrugada. Hasta que su conciencia lo dejó en paz; esa abominable paz de los barcos desarmados, de columpios que se esfuman en el aire; paz de soledades sin pantuflas. Paz de sábanas infinitas...
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sábado, 7 de mayo de 2011

Buenas Noticias

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Los colores del río le inundaron la cabeza y los peces se le ahogaron en los ojos. Lloró como nunca; por fin llegaría el momento del encuentro. Entonces tomó en sus manos aquella mandarina de loza violeta. Luego, Elsa sacó con cuidado las perlas y las escondió en la tetera. Más tarde, entraría a la iglesia con su cara cubierta por una mantilla y su cabeza bien en alto. Dejaría su autoestima de lado y se arrodillaría a sus pies. La cara de los gatos, como un remolino, giraban alrededor de su cabeza. Entonces la desatornilló y la apoyó sobre el altar. Al instante la mesa iluminó sus labios, sellados con almíbar hirviente. Sintió cómo le quemaba la lengua y se le desgarraba la piel. Pero ella siguió, deleitándose con sus llagas latentes. Hasta que por fin lo encontró. Estaba con la boca abierta, y no lo pudo evitar.

Y claro, en las fiestas siempre es así. Como los árboles atrapando moscas cuando hace hambre. Como cuando sólo se transpira sangre de color índigo. Como la sed desgarrando las entrañas ultravioletas… Amatistas prendidas de un manto de terciopelo amarillo.
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martes, 5 de abril de 2011

Declaración Jurada

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... Por medio de la presente declaro bajo este juramento que no volveré a repetir el mismo error. Declaro ante los aquí presentes que la próxima vez que mi órgano cerebral advierta las señales de una brillante idea para futuros textos, la plasmará de inmediato. Mi mente no volverá a llevarme a la pereza, convenciéndome de que no la olvidará.

...Para que así conste y surta los efectos oportunos ante quien corresponda, firmo la presente declaración en Buenos Aires, a los 5 días del mes de Abril del año 2011.
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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Buscapeso

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El horizonte se eleva. El aire se escapa. Ante la vista se alza una pared de tierra. La luz desaparece. Sólo se respira húmedo. El cuerpo siente la desesperación de las manos; manos que sólo intentan escapar, manos de pánico, manos ansiosas que palpan veloz, trémulas de asfixia, manos que sólo buscan salida, sólo buscan aire, manos que sólo buscan luz…
Uno sólo de ellos permanece firme y en pie. El resto sólo busca, trepa, aprovecha y escapa. Entonces el peso sobre sus hombros empieza a ser insoportable. Ellos, de a uno, van reencontrándose con el aire de la superficie, con la luz. Él, que es el más fuerte, sabe que esa es su misión; cargar en sus hombros con el peso del resto, salvarles la vida.
Hasta que por fin se va el último. La tranquilidad de la libertad comienza a asomar; ahora sí será su turno. La respiración se realenta. Por unos segundos reina la calma y la certeza del aire. Ahora sólo resta que lo saquen a él.
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Los segundos se transforman en minutos.
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Y los minutos pasan.
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Silencio.
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Los minutos se hacen eternos.
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Nadie viene a su rescate.
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El cuerpo se le paraliza en alerta a la espera inmediata de su libertad. La respiración comienza a ganar terreno; la respiración agitada. Y los minutos siguen pasando. Afuera, arriba, nada se mueve. Escucha gritos a lo lejos. La esperanza apenas perdida vuelve casi sin haberse ido, alguien se acerca y entonces mira hacia arriba. La vista se nubla. Algo ha caído en sus ojos. Baja la cabeza rápidamente e intenta identificar: es fresco. Y otra vez cae; es húmedo. Y cae más. Y otra vez más; la tierra empieza a caer sobre su cuerpo. Caen sobre él sueños rotos, caen gritos, caen resignaciones chicles pegajosos, caen huecos, fantasías negadas caen; caen filos, empujones hielos, caen escupitajos, indiferencias, caen desiluciones pesadillas ausencias, caen traiciones, atropellos, caen ideales…
Intenta entender, intenta mirar, intenta gritar… intenta. Por siempre intentará; por siempre intentará quitarse el peso, el peso de sus hombros, el peso de su sangre. Pero es impotente; impotente es el peso de su ser: el peso de ser humano.
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sábado, 18 de septiembre de 2010

Inconciente

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Agitada. Corría y corría. No podía dejar de correr. Hasta que por fin llegó. Llegó donde debía, y no sabía qué lugar era ése. No había vista hacia afuera; tampoco corría aire. Eran pasillos; pasillos y colores. Y puertas. Algunas se abrían y a su vez abrían su paso. Su avanzar comenzaba a realentarse. El aire fue transformándose. El oxígeno se volvía color rosa. Rosa y calor. Al abrirse la última puerta, inevitablemente bajó una escalera. Y se encontró frente a ellas: las cuatro niñas rubias, muy serenas, la invitaron a pasar. Su mente corrió por los recuerdos concientes, pero no; no las reconocía. Ellas se mostraban cálidas, afectuosas y confiadas. No había muebles. No había ventanas. Ni mesa, ni sillas. Ni lámpara ni nada. Un gato blanco y gordo ronroneaba sobre el único colchón mientras balanceaba su cola. Ella seguía parada en la escalera; dudaba de entrar o no. Ahora la escena la veía desde abajo. De pronto sintió un dolor espantoso; un dolor insoportable y punzante que la hizo gritar. El gato, junto a toda su saña, le arañaba la planta de los pies. Mientras, las rubias miraban. Serenas y cálidas. Afectuosas. Confiadas.
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lunes, 21 de septiembre de 2009

Convivencia

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........................................................................a mi princesa Leia

Jamás olvidaré aquel día. Era otoño. Despertamos juntas, como siempre. El sol cálido de la mañana acudía a nuestra cita de mimos y bostezos. A las dos nos encantaba desperezarnos, y entre miaus y ronroneos cumplimos con el ritual. Sentí que pude relajar mi columna como nunca. Bostecé gigante. Me sentí aliviada; aliviada de algún pesar que ahora no podía recordar. Me sentía realmente cómoda; despreocupada y confiada de que todo estaría bien. Sería, tal vez, gracias al jazz de la noche anterior y a las velas y al sahumerio; todo esto sumado al sol otoñal que se las ingeniaba siempre para entrar en mi cama. Lo cierto, es que aquella fue una mañana plácida como pocas.
Medio dormida todavía fui a la cocina a tomar mi desayuno. Ella, como todos los días, se tomó unos minutitos más en la cama y después me siguió. Sentí más sed que de costumbre y tuve que tomar y tomar agua por un rato. Ella por su parte hacía lo propio; no nos molestábamos. Lo bueno de tres años de convivencia es que ya nos conocemos las rutinas. Para las dos, las mañanas son sagradas: no se habla hasta estar bien despiertas. Me dispuse entonces a comer mis anillitos; estaban bastantes secos y duros. Aún así, me los devoré como nunca; tenía mucho hambre. Luego, llegó el momento del mate. Fue entonces, que ya despiertas y despabiladas las dos, por fin nos saludamos:
- Buen día – me dijo.

Jamás olvidaré aquel día. Ella preparaba unos mates con mis manos, y yo, quedé muda; no pude ni decir “¡Miau!”.


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domingo, 6 de septiembre de 2009

Por la hendija

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Todavía con los ojos cerrados, su cara sonrió con placidez. Era una de esas mañanas donde el cuerpo se siente renovado gracias al descanso profundo. Perezosamente volteó en la cama. El sol se desparramaba entre las sábanas. Una vez boca arriba, abrió los ojos. Sintió un sabor amargo en su conciencia; había tenido pesadillas. No recordaba claramente; tampoco quiso hacer esfuerzo por recordar. Un desperezarse lento y sostenido lo fue tumbando de costado. La mañana era de una placidez total.
De pronto, algo en su pecho desapareció. Algo se apoderó de él y terminó de desprenderlo de su propio cuerpo. A toda velocidad. Sintió el vértigo como un agujero infinito en su aliento. Sin peso. Boca abajo. Iba en caída libre. En la mínima fracción del instante de un segundo habitó su eternidad. No había nada alrededor. No había delante. Ni detrás. Tampoco había arriba, y mucho menos abajo. Sin embargo, caía. Caía cada vez más rápido; veloz como quien quiere escapar desquiciadamente del terror; veloz como quien no soporta la demora en llegar. Seguía cayendo. Su cuerpo no era tal; el vértigo había tomado todo su ser. De pronto, un pequeñísimo destello le abrió una hendija al pensamiento. La noche, los textos, las pesadillas… Por un instante (o por toda la eternidad) su mente vagó por ideas borrosas. “Puta, era puta”, pensó. Todo se detuvo. De golpe. “Era idea; era idea y era puta”. La velocidad frenó y en un instante explotó en quietud; quietud tan quieta que ni siquiera el caos se movía; tampoco descansaba. Se refregó los ojos. “Eso era… una puta idea”, se dijo. Con los ojos abiertos ahora, volvió a sonreír con placidez. Se estiró un poco más hacia la mesa de luz, alcanzó su cuaderno, su birome, y empezó a escribirla: “Todavía con los ojos cerrados, su cara sonrió con placidez. Era una de esas mañanas…”
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jueves, 23 de julio de 2009

DesEspera

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Un hombre está sentado en una sala de espera. Su pierna derecha no para de rebotar. Sentado, se inclina hacia delante. Luego, se inclina hacia atrás. Mira a la secretaria. Se vuelve a inclinar hacia delante. Mira de reojo el reloj pulsera de la señora sentada a su lado, pero no alcanza a distinguir. La mujer lee una revista y la posición de su muñeca hace que el reloj quede hacia abajo. El hombre se da cuenta de que es en vano seguir intentando. Sin dejar de rebotar su pierna derecha pasea su mirada inquieta por la sala. Descubre el monitor de la computadora de la secretaria. Se estira para ver, agudiza su vista; pero no, está demasiado lejos. De pronto la mirada se le enciende, empieza a palpar su saco. Tantea con su mano los bolsillos internos y externos. Se incorpora apenas y tantea su traste. Desilusionado, vuelve a acomodarse en el asiento. De a poco, la pierna derecha comienza a rebotar, cada vez más rápido. Ahora el ritmo del movimiento es acompañado por el tintineo de un par de monedas chocándose en su bolsillo. La señora de al lado se empieza a notar molesta. La joven que se encontraba sentada en el rincón se levanta y le pide a la secretaria prender el televisor. Al hombre le vuelve a brillar la mirada. La chica enciende la tele y sintoniza la novela de la tarde. La cara del hombre vuelve a apagarse. Por un breve momento la pierna había suavizado el movimiento, pero en cuanto ve la novela el rebote gana nuevamente velocidad, produciendo un tintineo más intenso de monedas. La chica sumándose al fastidio de la señora, sube el volumen del televisor para silenciar las monedas. El hombre se da cuenta, y sus movimientos son cada vez más bruscos. La secretaria que mira la escena niega fastidiada con la cabeza, resopla y vuelve a su planilla. El barullo reinante en la sala se ve de pronto interrumpido por el ring del timbre. La secretaria se levanta a abrir la puerta. La recién llegada saluda y pregunta a la secretaria si habrá mucha demora. La secretaria contesta que en cualquier momento el doctor comenzará a atender ya que son las cinco menos cinco. Los ojos del hombre ahora sí, se iluminaron, como quien se entera de una nueva verdad desconocida pero presentida. Su pierna ha dejado de moverse. Sus ojos pasean ahora de una en una por todas las pacientes de la sala. Por fin, con el gesto muy alegre, se levanta, saluda a la secretaria, mira su reloj pulsera, y dice:
- Pasame las fichas Silvia, por favor. Y en cinco hacé pasar a la primera.
Se da media vuelta y se mete en su consultorio.
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miércoles, 1 de abril de 2009

DesNudo

El hecho de no poder creer lo que le decía el Negro, trajo a su mente un recuerdo que tenía borrado. Jorge se vio a sí mismo parado al lado de la heladera en la cocina de la casa de su infancia; tenía siete años cuando preguntó: “Mamá, ¿quién nos ató el ombligo del lado de adentro?”
La mamá le explicó que se trataba de una cicatriz, le habló del cordón umbilical, del ombliguito que se cae, y esas cosas. Por aquellos años, todo lo que dijeran los padres eran palabras sagradas, no existía otra verdad en el mundo.
Jorge creció y vivió sus treinta y cinco años, convencido de que los seres humanos llevamos en el ombligo la cicatriz de nuestro nacimiento. Hasta hoy.
Después de su charla con el Negro, y recordando su inquietud infantil, se propuso averiguar la verdad. Utilizaría para tal fin su propio cuerpo.
Desnudo, se acomodó en su sillón reclinable, y se procuró un anotador y una lapicera, con intención de registrar en el acto cualquier impresión de la experiencia. Armado de una decisión y firmeza que nunca antes había tenido, metió con todas sus fuerzas el dedo índice de su mano derecha en el ombligo. Y hurgó. Muy profundo.
Estupefacto quedó, al sentir que lo insólito se volvía verdad. Su dedo índice se hundía, más y más. Aunque él quisiera, no podía ya detenerse. No había fin. Comenzó a marearse. Todo empezaba a girar. Iba sintiendo una liberación lenta y vertiginosa. Y se seguía hundiendo. Mientras, al igual que el mundo, la frase del Negro le daba vueltas en la cabeza: “El ombligo es lo que nos cierra, nuestro nudo interno; como el nudo de un globo, sólo que del lado de adentro”. El germen más primario de la profundidad de sus tripas se retorcía en una lenta y agradable agonía. Nunca había experimentado una sensación semejante. Sentía que un sacacorchos giraba y giraba dentro suyo, causándole un dolor inconmensurable, y a la vez, ese alivio absoluto tan ansiado y desconocido por el ser humano. Se hundía. Livianamente giraba y giraba. Y a cada vuelta más dolor. Y a cada vuelta más calma. Cada vuelta más rápida. La fuerza centrífuga comenzó a estirar su cuerpo. Con cada vuelta, más blando. Con cada vuelta, más líquido. El remolino giró y giró. De a poco comenzó a achicarse. Desagotándose. Cada vez, menos y menos de él. La fuerza centrífuga lentamente aminoró su velocidad. El girar era ya ovalado. De a poco. Lento. Jorge, hasta la última gota, desapareció de su ser.

martes, 24 de marzo de 2009

Relación entre partes contrapuestas


Últimamente, vengo intuyendo algo, que creo que recién ahora estoy comenzando a entender: me parece que mi parte cuerda, se está empezando a dar cuenta de que no es la única que habita en mí; es más, se está empezando a dar cuenta de que cada vez es más chico el espacio que ocupa. Se está empezando a sentir invadida, poco a poco, lentamente, cada vez más por su contrapunta. Por momentos esto la altera un poco - donde iría a parar sino como la cosa siga así – y, a su vez, inevitable y paradójicamente, la reafirma en su esencia. Porque… de eso se trata, ¿no? Para que exista un “sí”, es imprescindible que exista un “no”; para que exista un “claro”, debe existir un “oscuro”; para que exista un “arriba”, deberá existir un “abajo”… y así. Qué pasa entonces, me pregunto, cuando una de las partes pretende exclusividad; siguiendo este razonamiento, esto sería comparable a cometer un suicidio.
Pero me fui de tema; decía, que me parece que mi parte cuerda se está empezando a dar cuenta de que no es la única que habita en mí. Sin embargo, una fracción de ella, gusta de ser espectadora de su contrapunta, se divierte mucho, como con la tía copada de la familia cuando se es chico. Esta fracción, gustosa observardora, ocupa dentro de su ámbito una porción menor, lógicamente; una superficie comparada a la correspondencia que tienen los segmentos entre sí dentro por ejemplo de una proporción áurea, esto es: dada una línea separada en dos segmentos desiguales, el total es al segmento mayor, como éste lo es al menor. Es lo que se conoce como “La Divina Proporción”, presente en la naturaleza, en la espiral de su crecimiento, y tantas veces aplicada a las más maravillosas obras de arte que ha concebido esta humanidad. Sin embargo, la parte cuerda se está empezando a dar cuenta que cada vez es más chico su espacio, lo que me lleva a reflexionar sobre la capacidad de la conciencia. Porque ¿cómo sabe la parte cuerda que su contrapunta la está invadiendo de a poco?, ¿desde dónde se para a mirar, para darse cuenta de cómo se puebla la superficie total? Imagino que desde ella misma… o en realidad, y hasta resulta más lógico, su conciencia podría advertir ésto porque se encuentra parada mirando desde el todo. Entonces, si la conciencia de la parte cuerda, es capaz, de pararse a mirar, desde el lugar que ocupa el todo y tener una visión panorámica del asunto, esto podría significar que esa conciencia tiene un poder de expansión que supera su propio ámbito de existencia, y este hecho sería muy complejo de explicar en este contexto. Por lo que decía, que me parece que se está empezando a dar cuenta de que cada vez es más chico su espacio, y pienso si esto será porque realmente la están invadiendo, o porque en realidad, se estarían sufriendo los efectos de una extraña fuerza que tiende a achicar inexorablemente las existencias. Esta fuerza a la que me refiero, es la misma, por ejemplo, que habría sufrido la existencia hormigueril del planeta. Pensemos sino un poco, cuán chica e insignificante es para nosotros, los seres humanos, la presencia de una minúscula hormiguita perdida de su peregrinaje; ínfima, diminuta, inexistente, inútil. Así de terrible son los efectos de esta extraña fuerza, pero lo peor del caso, es que no se sabe a qué patrón de comportamiento obedece su actuar; por lo que, las próximas víctimas podríamos ser cualquier existencia del universo. Da un poco de escalofrío ¿no?; ser para “algún otro” como es una hormiga para nosotros. Sin embargo, sabemos que en el universo, somos de hecho, muchísimo menos que eso, asique realmente, no veo de qué preocuparnos.
En fin, continuando con lo que decía, decía que, se está empezando a sentir invadida, poco a poco, lentamente, cada vez más por su contrapunta, que deduzco ubicada en algún extremo (punta) de la cuestión. Algún extremo, deduzco, contrario a la cuestión; contra-punta. Tendríamos así entonces, dos puntas: una la cuerda, y la otra su contra. Entonces pienso, si lo que tenemos aquí en pugna son dos puntas ¿qué es lo que las une? Medito sobre la materia que llenaría ese espacio de existencia, pienso en si será por ejemplo una materia en degradé (lo que facilitaría la transformación paulatina de una en otra), o si será un agrupamiento de cosas tan disímiles como un confite de chocolate y una daga china de un emperador de hace siglos. Aunque, si es que está lleno de objetos, debería ser en principio un espacio delimitado de alguna forma posible; siendo posible, lógicamente, a su vez, hallarse delimitado por los propios objetos que la conforman.
En definitiva, decía que la parte cuerda está comenzando a sentirse un poco alterada por este hecho, pero que esto a su vez, básicamente la redefine y legaliza en su existir. Lo que llevaría a pensar que, entonces, la alteración es causa y efecto ante el hecho de reafirmar una existencia, y viceversa; o sea, reafirmar la existencia es causa y efecto ante el hecho de una alteración dada. Lo que habría que determinar, es de qué tipo de alteración estaríamos hablando. Porque, dependiendo del tipo de factor alterado, se modifica el todo de tantas formas posibles como cantidades de factores existentes. Por lo que, en principio, deberíamos definir la cantidad de factores que la compondrían, para poder tener una mera noción de la cantidad de existencias disímiles que estaríamos fabricando.
Una vez definidas estas cuestiones, sería entonces muy fácil determinar la relación entre las partes contrapuestas, y su consiguiente estado de retroalimentación clarificadora para cada una de ellas.