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jueves, 23 de junio de 2011

Persianas

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...Aquella tarde no sería una más. Nos encontrábamos en el muelle disfrutando de lo que había sido, hasta el momento, un día radiante de sol; día de horizonte infinito y agua clara. Todo alrededor era verde y flores. Las mariposas parecían bailar al ritmo del canto de los pájaros. Nuestros ánimos se hallaban muy alegres; habíamos llegado al lugar y resultó ser mucho más hermoso de lo que nos había vendido la agencia de viajes. La casa donde nos alojábamos se encontraba a unos metros de la costa. La inmensidad de aquel horizonte sería nuestra vista durante los quince días de nuestras vacaciones. Recién llegados al pueblo y apenas instalados en la casa de alquiler, no pudimos evitar ir a disfrutar, mate mediante, de una tarde absolutamente plácida en contacto con la naturaleza.
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...El cielo se disponía a regalarnos un diáfano atardecer, cuando una brisa, que al instante se transformó en viento, trajo el típico color plomizo y un aroma a lluvia inminente. La bruma comenzó a descansar sobre las aguas. Tranquilamente, comenzamos a “levantar campamento” y juntamos nuestras cosas para partir. Ya las primeras gotitas de lluvia nos avisaban que el recreo había terminado.
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...Con todo lo nuestro a cuestas, comenzamos a caminar hacia la casa. Nos daba risa las travesuras que el viento hacía en nuestras ropas y en nuestras cabezas. Comenzamos a apurar el paso. La tormenta ya estaba declarada y las aguas comenzaban a agitarse con violencia. Al mirar atrás, pudimos ver como se iba asolando aquel lugar. Nos costó creer el tiempo; habían pasado segundos no más, como mucho uno o dos minutos.
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...Corrimos los últimos metros hacia la puerta para no resultar pasados por agua. Ya a salvo en nuestra casa, observamos el espectáculo a través del ventanal. Apenas podíamos adivinar el muelle, donde segundos antes (minutos tal vez) disfrutábamos del sol. Ya no se distinguían las barandas, desdibujadas por el agua, la bruma y el viento amenazante, que se llevaba consigo todo a su paso.
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...De pronto por entre la bruma clara que no nos dejaba ya ver el paisaje, divisamos una silueta oscura. En cuestión de segundos divisamos otra más. Eran varias; eran muchas. Se acercaban muy lentamente, por entre medio de la tormenta, con una serenidad fantasmal. Eran mujeres de cabellos largos y claros. Nos miraban fijo, inexpresivas, y lentas no dejaban de avanzar hacia nosotros. Nos miramos con pánico; no podíamos entender de dónde salían estas mujeres y su serenidad, que contrastaban profundamente con la violencia de la tormenta. Su avance era lento, y su intención estaba claramente depositada en nosotros.
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...Presos del miedo, tan pronto como pudimos, corrimos a bajar las persianas de madera, ya que sería lo único (creímos) que les impediría el paso. Primero fueron las persianas del living, mientras nos preguntábamos si esto las detendría. Luego corrimos a hacer lo mismo en la ventana de la habitación. Pero allí fue más complicado; las mujeres habían ganado un poco más de terreno. Ya sus brazos abrían los vidrios, y para impedir la bajada total de la persiana colocaban trapos, trozos de sus vestidos oscuros que ellas mismas se rasgaban, sin abandonar su fantasmal parsimonia. Mientras bajábamos la persiana, forcejeamos mano a mano, corriendo el peligro de amputarles las manos a ellas. O a nosotros.
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...El tiempo consumido en esta lucha, nos había hecho olvidar de la otra habitación. Gritamos, les gritamos, nos gritamos. Y ellas seguían avanzando, serenas, con sus ojos blancos, sus ropas oscuras rasgadas y sus cabellos claros. Corrimos. Pero ya era tarde.
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...Ya no hubo contra qué luchar, ni de quién huir. Ya no gritamos. El pánico por fin nos abandonó.
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... Ahora nuestro andar es lento, sereno. Nuestras ropas están rasgadas, y nuestros ojos se han aclarado, al igual que nuestros cabellos, largos, lacios. Y cada día somos más.
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miércoles, 13 de abril de 2011

Lo de Alessia

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...Desde la puerta que da al patio se filtran las últimas luces de una tarde de otoño en Barracas. Los tres rayitos de sol evidencian el polvo suspendido en el ambiente. A pesar de que es ventilado a diario, cada nueva gota de aire que entra en él, automáticamente se tiñe de tiempo.

...Hacia la izquierda de la habitación se encuentra el rincón más oscuro. Allí, un espejo, muy añejo. El tiempo le ha ensuciado las entrañas; se tardaría más de tres meses y medio en apreciar las imágenes fantásticas que guardan sus manchas. Sobre él, cruzándolo en diagonal, una escalera que colabora con la penumbra. Es una escalera noble, de esas que cada tanto crujen al suspirar su existencia.

...Hacia la derecha, en el extremo opuesto de la habitación, la pared que linda con la cocina. Es una pared entelada, que guarda celosamente partículas de polvo provenientes de los lugares más insólitos; apenas puede adivinarse su color “hueso” original, mientras que más claramente se advierte un estampado de flores de Liz. La puerta abierta permite ver en la cocina unos cacharros, que recortan sus siluetas sobre el turquesa de los azulejos, mientras que un vapor suave y sutil, indica el punto exacto del agua para el mate. ...La pared de frente, en cambio, está vestida de objetos. No se pueden diferenciar claramente los límites de unos con otros. No se llega a entender en qué punto, esa valijita desvencijada de herramientas deja de serlo para pasar a ser una figura de cigüeña (típica de primer año de metalurgia industrial), que es a su vez una cajita oxidada de mechas, para ser un pedacito olvidado de lija, y un recorte ocre de diario de aquella vez de la entrevista, que es el folleto del negocio de materiales que ya no existe, y se transforma en un estuche que quedó huérfano de su tesoro, para ser una latita de cera de lustre, que es una marañita de estopa sucia, y ese par de piecitas que servirán en algún otro arreglo, y que son ese botón encontrado-perdido, que pasa a ser el anillo que molesta para trabajar, y un parlante que todavía funciona, siendo una antigua caja de galletitas, que se transforma en el sostén, a su vez, todo de sí mismo, y es estante. Son tres en total los estantes que contienen este entramado de objetos sin límites. Aunque bien podrían ser cuatro. O dos. Al igual que con los objetos, no se sabe dónde un estante deja de ser, para pasar a ser otro.

...En medio del cuarto una mesa de trabajo, de la misma madera que la escalera y los estantes. No es un simple mueble puesto ahí; desde su presencia respira pertenencia a ese lugar. Sobre ella descansa un saxo abatido y opaco. Hay también una franela, que desde su facha alardea haber sacado más de cien lustres. Alejada de ella, en el otro extremo de la mesa, otra franela: virgen, celosa, inexperta, casi fluorescente, despidiendo todavía sus pelusas de recién nacida. Un tercio del mueble lo ocupa una plancha de linóleo que alguna vez ha sido verde. Sus cicatrices revelan historias de instrumentos agónicos, y curas milagrosas. Desparramadas por la mesa, unas cuantas herramientas: estecas metálicas terminadas en punta o redondeadas, otras de madera. Algún destornillador, que parece el hijo prematuro de cualquier conocido destornillador de hogar. Herramientas pequeñísimas. Un escalímetro, pequeñísimo también. Un lápiz, irreverentemente largo a pesar de su ancianidad; seguramente tiene el tiempo de los bisabuelos. Y a su lado, sobre un cenicero de madera tallado, descansan las virutas de su eterna existencia.

...Hay en el ambiente olor a madera, a cera, a cigarro, y (no se entiende muy bien cómo ni porqué) a eucalipto. ...Todo allí tiene esa suave pátina de polvo. Los colores se ven naturales, tranquilos, algunos más tostados, algunos más óxidos, algunos más tierras; tierras verdosos que se vuelven ocres sin brillo, que a su vez se vuelven sienas, y pasan a ser grises rosados, y plateados opacos y maderas lustrosas. Colores de cenizas rebeldes y miguitas verdes de yerba, que se vuelven manchas húmedas en papel. Papel amarillo desteñido de taco de escritorio, que se vuelve negro de trazo de tinta. Tinta negra sobre la mesa, que corre por sus vetas. Vetas que se vuelven y revuelven, que son escalera, crujido, polvo, aire, tiempo, música… Música de tic tac. Tic tac de reloj cucú. Y de fondo, y a su compás, el canto de un melancólico clarinete, a la espera de su turno...

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lunes, 11 de octubre de 2010

Siluetas

Los elefantes vienen hacia mí. Ninguna voz de “Alto!” todavía los detiene. El calor se ha transformado sobre mi piel en helada líquida. Duele como arena por dentro respirar el sol. Los pulmones se declaran en huelga. Y siguen avanzando. Lo peor no es el miedo. Lo peor no será el dolor. La impotencia no es por saber que será lento. Todavía están a tiempo de deternerlos. En verdad, mi más profundo y hondo dolor son sus ojos; sus ojos desde allí, sus ojos sin consuelo. Están cada vez más cerca. Mi corazón quiere declararse inmortal de pena por cada lágrima suya. La eternidad no será suficiente para pagar el dolor que ocasioné: a ella en primer lugar, y al resto de mis esposas, preciosas gemas mágicas cada una de ellas. Ya vibran en mí sus languidescencias infinitísimamente tristes como partes de
recuerdos futuros. Ellas también están aquí, no falta ninguna. El terror de sus caras pareciera dar velocidad a la marcha de los elefantes. Estamos todos sumergidos en una espiral de fuego seco apocalíptico, y conciente.
Y entonces, de a poco, los sentidos se apagan. No se huele más en el aire el aroma sahumado. Los gritos y el bullicio se calmaron. Dejó de ser el calor; dejó de ser helado. El sol no encandila tanto ya; cada vez menos, y menos. La boca ya no está amarga, ni salada, ni seca. Y ya no duele. Por un segundo de eternidad. Sólo hubo nada. Y el alivio.
En un anteúltimo rasgo de conciencia pude capturar la imagen de las patas de los elefantes desde abajo, alejándose de mí.
Luego, sólo hubo languidez. Y sus ojos sin consuelo a mi lado. Hubo una noche casi eterna donde el canto vibraba sus lamentos entre las volutas de humo. Armónico. Lento. La tristeza hacía parecer al mundo como si no fuera más que un finísimo hilo celestigris. Sin fin. Y sus ojos. Y las siluetas de ellas, una tras otra. Lánguidas. Y ellas, tras otras, y otras. Y sus ojos. Tristes lánguidos. Sin fin.

sábado, 8 de mayo de 2010

Dualidades

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¿Cómo ser las flores
las canciones y los juegos?
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ser la princesa del cuento
y la gerenta de la empresa
ser la que se autoabastece
........................................y tiene necesidades
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cómo ser la que necesita los abrazos
.......................................................... y no soporta las amarras
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la que siente una plenitud
capaz de exceder su propio cuerpo
y experimenta tristezas
..................................... hondas bien dentro
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cómo ser la que ama tanto
que llega a desdibujarse
y ser la que dibuja tanto
.......................................porque ama
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cómo ser la que sale a pasear
de la mano con sus furias
.........................................que la tironean y revuelcan
y ser la que vuelve a su hogar
de la mano de sus ángeles
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ser la que arropa y acuna
........................................con mimos y caricias
y ser la que frena y delimita
.............................................a golpes y escupitajos
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cómo ser el vértigo helado
y el abrigo en el pecho
cómo ser una carcajada deschavetada
...............................................................y el respeto
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ser la que se sabe tierra
y la que vuela
ser la que busca
la que no está perdida
y ser la que encuentra
...................................lo que no busca
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la que recibe confiada
y la que debe aprender a desconfiar
ser la chiquita de dos colitas
y la mujer glamorosa
cómo hacer para ser tacto y colores
......................................................... y números limpios
......................................................... y organizados
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ser el canto y un baile
....................................y el silencio
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cómo ser una balanza equilibrada
en medio del granizo
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cómo ser lo suficientemente firme y concreta
..........................................................................para ser blanda y blanca
cómo ser diosa coronada de capullitos de alelí
y que las margaritas no se pongan celosas
cómo ser aceptación
y no resignarse
y ser creación
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habrá que ser
tal vez
sin tiempo
..................y al momento
desprendida
y liviana de todo
para así por fin
ser concreta
....................y habitarse
y ser Toda
...................toda una vida
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viernes, 2 de octubre de 2009

Atómico

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Los labios comenzaron a despegarse. El cuerpo gritaba su anhelo de ser reinventado. De a poco empezaba a ser poseído desde todos lados, y desde ninguno a la vez. Una forma incierta lo invadía todo. No había más que hacer que dejarse llevar, vivir el instante. La única forma posible sería pasear la conciencia por cada músculo, por cada célula. Los ojos se iban cerrando. El ser cuerpo se volvía más evidente que nunca. Era un cuerpo en búsqueda de alivio; un cuerpo necesitado de placer.
Los brazos empezaron a estirarse, como queriendo encontrar el propio límite. La búsqueda llegaba hasta los dedos, y más allá también; los trascendía. Era inmenso el gusto de saberse elástico, sin fin.
Las piernas, desde las caderas, también necesitaban escaparse. Se escapaban para reencontrarse en toda su dimensión, y dar con sus propias rodillas, y de ahí, luego, con sus pies. El instante no se preguntaba cuál sería su fin. La boca se iba abriendo, cada vez más. Enorme hubiera sido el placer de detenerlo todo, y quedar eterno. Sin embargo, era imperiosa la necesidad de proseguir.
Los párpados hacían cada vez más fuerza, sin necesidad de hacerla, y se mantenían bien cerrados, como si jamás hubieran existido abiertos. Los músculos de la cara se contraían, a la vez que se estiraban; todo junto y al mismo momento, en un solo acto.
El torso, sin saber si unir o separar sus propias extremidades, comenzaba a doblarse, se exploraba.
El cuerpo, más cuerpo que nunca, perdía sus propios límites para hallarlos. A través suyo, desde un interior intangible, soltaba lo amarrado; lo soltaba sin conciencia, simplemente era liberado. A través de todas sus células, sin forma ni materia aparente, corría una energía que se escapaba, que redimía. De a poco, todo se iba renovando. Estirar y contraer; todo sucedía a la vez. La forma era perfecta, la sensación también; inmensa.
La boca siguió abriéndose más. Y en el colmo de esa fuerza sin contención, un sonido como de bisagra se hizo presente. Venía de las cuerdas vocales, o del esófago tal vez, o del estómago hecho chicle; o de ningún lugar. La tensión había invadido ya todo el ser, y ese sonido ayudaba a intensificarla aún más. El ser se desparramaba hacia todos lados. Todo lo posible quedó detenido, suspendido en esa fuerza que no resistía.
De pronto, como en una montaña rusa, desde el punto más alto e infinito, algo necesitó precipitarse. El cuerpo ya había abierto un espacio intangible, ya las células se habían separado de sí mismas. Por ese espacio, el placer de rehabitarse cayó en cascada. Desde afuera, desde adentro, desde todos lados y hacia ninguno. Esa cascada dulce, de abrigo fresco, fue devolviendo a cada parte su lugar. El cuerpo se fue encontrando con una nueva placidez, con un nuevo ser renovado. Todos los músculos fueron soltando la tensión. La novedad ahora fue explorada de a poco. Un regodearse chiquito de placer investigaba con pequeñísimos movimientos cada propio rincón. La boca ya se había cerrado. Los ojos ya se iban abriendo. Todo estaba ahí de vuelta; vuelto nuevo otra vez. El único rastro que quedaba de la conmoción eran unos charquitos dulces en los ojos, y ese placer inmenso, regalado por el más reparador de los bostezos.
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martes, 15 de septiembre de 2009

Destellos

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Fue recién a sus cuarenta y dos años que Jorge comenzó a intuir el sentido de su vida. Al parecer, todo fluía plácidamente, sin modificación alguna más que el constante cambio previsible (o no) de las cosas; nada de qué preocuparse. Sin embargo, hacía cerca de seis meses que Jorge venía teniendo encuentros extraños con gente cada vez más extraña. Esto le provocaba una inexplicable inquietud. No lograba comprender; se preguntaba de dónde había salido esta sensación desconocida, y a su vez, paradójicamente familiar.
La noche previa a su cumpleaños, haciendo un balance de los últimos tiempos, fue que notó esta constante. Cada vez que se encontraba con uno de ellos, se saldaban, se entendían; eran hondas sus almas, eran altas... El tiempo no debería existir para comprender el encuentro. Se reconocían, y de a poco despertaba su raza, se recordaban. Jorge por fin lo supo; a su mente vinieron recuerdos (o deseos futuros) donde se veía reunido con todos ellos, cerrando un pacto, atemporal. Juntos eran el Todo.
Con el correr de los días notó que, de a poco, su entorno y todo se volvía cristal; destellos de un cristal cada vez más puro y transparente. Allí se reflejaba él, en esa gente desconocida y familiar, desnuda y extraña...
Y entonces ahora sí; por primera vez, y por fin, todo tuvo sentido.
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domingo, 6 de septiembre de 2009

Por la hendija

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Todavía con los ojos cerrados, su cara sonrió con placidez. Era una de esas mañanas donde el cuerpo se siente renovado gracias al descanso profundo. Perezosamente volteó en la cama. El sol se desparramaba entre las sábanas. Una vez boca arriba, abrió los ojos. Sintió un sabor amargo en su conciencia; había tenido pesadillas. No recordaba claramente; tampoco quiso hacer esfuerzo por recordar. Un desperezarse lento y sostenido lo fue tumbando de costado. La mañana era de una placidez total.
De pronto, algo en su pecho desapareció. Algo se apoderó de él y terminó de desprenderlo de su propio cuerpo. A toda velocidad. Sintió el vértigo como un agujero infinito en su aliento. Sin peso. Boca abajo. Iba en caída libre. En la mínima fracción del instante de un segundo habitó su eternidad. No había nada alrededor. No había delante. Ni detrás. Tampoco había arriba, y mucho menos abajo. Sin embargo, caía. Caía cada vez más rápido; veloz como quien quiere escapar desquiciadamente del terror; veloz como quien no soporta la demora en llegar. Seguía cayendo. Su cuerpo no era tal; el vértigo había tomado todo su ser. De pronto, un pequeñísimo destello le abrió una hendija al pensamiento. La noche, los textos, las pesadillas… Por un instante (o por toda la eternidad) su mente vagó por ideas borrosas. “Puta, era puta”, pensó. Todo se detuvo. De golpe. “Era idea; era idea y era puta”. La velocidad frenó y en un instante explotó en quietud; quietud tan quieta que ni siquiera el caos se movía; tampoco descansaba. Se refregó los ojos. “Eso era… una puta idea”, se dijo. Con los ojos abiertos ahora, volvió a sonreír con placidez. Se estiró un poco más hacia la mesa de luz, alcanzó su cuaderno, su birome, y empezó a escribirla: “Todavía con los ojos cerrados, su cara sonrió con placidez. Era una de esas mañanas…”
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viernes, 21 de agosto de 2009

Sin perdices

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Yo ya sé que un vestido floreado no lo es todo; pero sin dudas, yo tendría un vestido floreado cuando imagino mi vida completamente feliz.
Habría mucha naturaleza y muchas sonrisas también, todas verdaderas. Porque no es que necesariamente falten sonrisas en esta vida, pero las que hay… ¿quién se las cree? Claro, es coherente con la cultura de hoy; es que está como todo muy nylon, muy compactito, todo virtual…

En esa vida completamente feliz habría un lago, y sería “mi” lago; donde iría a nadar, a flotar. Ahí, me quedaría mirando las nubes; porque habría nubes también, de las que no nublan y tienen formas. Me darían ganas de pintar cada una de las cientos de ellas. Y en esa vida feliz, hasta capaz que las pintaría a todas, o aunque sea sólo a una.

¿Es que habré visto mucho Heidi de chiquita? Claro, nos han enfermado la cabeza, y una después se las ve negociando permanentemente con la melancolía. O será porque “melancolía” es una palabra hermosa, fonética y visualmente hermosa, que se hace imposible escapar de ella. Y tal vez la pobre de Heidi no tenga nada que ver con su pajarito muerto, su Copo de Nieve extraviado, su Clarita paralítica y su abuelita ciega.
Por suerte, una después creció y vio novelas como Topacio: con su protagonista rubia, pobre, ciega e inocente, que tenía encuentros con un pervertido que pretendía aprovecharse de ella y que, para colmo, llevaba la mitad de su monstruosa cara quemada al estilo Freddy Kruger. Después, la pobre sufrida, seguro habrá sido casi hermana de su amado, quien en algún momento se habrá quedado paralítico, luego de que ella recuperara milagrosamente la visión que jamás tuvo. Finalmente, los malos irían presos, enfermarían o morirían solitarios. Los buenos felizmente sanarían, se casarían y comerían perdices por siempre; eso sí, sin engordar.

Demasiado sanas hemos quedado...

Yo, tendría un vestido floreado, mucha naturaleza, muchas sonrisas, y en mi lago habría muchas nubes, para pintarlas a todas. Es posible que me acompañe mi amiga la melancolía, pero de seguro, no invitaría ni a Heidi ni a Topacio. Y a las perdices, tampoco.
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jueves, 23 de julio de 2009

DesEspera

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Un hombre está sentado en una sala de espera. Su pierna derecha no para de rebotar. Sentado, se inclina hacia delante. Luego, se inclina hacia atrás. Mira a la secretaria. Se vuelve a inclinar hacia delante. Mira de reojo el reloj pulsera de la señora sentada a su lado, pero no alcanza a distinguir. La mujer lee una revista y la posición de su muñeca hace que el reloj quede hacia abajo. El hombre se da cuenta de que es en vano seguir intentando. Sin dejar de rebotar su pierna derecha pasea su mirada inquieta por la sala. Descubre el monitor de la computadora de la secretaria. Se estira para ver, agudiza su vista; pero no, está demasiado lejos. De pronto la mirada se le enciende, empieza a palpar su saco. Tantea con su mano los bolsillos internos y externos. Se incorpora apenas y tantea su traste. Desilusionado, vuelve a acomodarse en el asiento. De a poco, la pierna derecha comienza a rebotar, cada vez más rápido. Ahora el ritmo del movimiento es acompañado por el tintineo de un par de monedas chocándose en su bolsillo. La señora de al lado se empieza a notar molesta. La joven que se encontraba sentada en el rincón se levanta y le pide a la secretaria prender el televisor. Al hombre le vuelve a brillar la mirada. La chica enciende la tele y sintoniza la novela de la tarde. La cara del hombre vuelve a apagarse. Por un breve momento la pierna había suavizado el movimiento, pero en cuanto ve la novela el rebote gana nuevamente velocidad, produciendo un tintineo más intenso de monedas. La chica sumándose al fastidio de la señora, sube el volumen del televisor para silenciar las monedas. El hombre se da cuenta, y sus movimientos son cada vez más bruscos. La secretaria que mira la escena niega fastidiada con la cabeza, resopla y vuelve a su planilla. El barullo reinante en la sala se ve de pronto interrumpido por el ring del timbre. La secretaria se levanta a abrir la puerta. La recién llegada saluda y pregunta a la secretaria si habrá mucha demora. La secretaria contesta que en cualquier momento el doctor comenzará a atender ya que son las cinco menos cinco. Los ojos del hombre ahora sí, se iluminaron, como quien se entera de una nueva verdad desconocida pero presentida. Su pierna ha dejado de moverse. Sus ojos pasean ahora de una en una por todas las pacientes de la sala. Por fin, con el gesto muy alegre, se levanta, saluda a la secretaria, mira su reloj pulsera, y dice:
- Pasame las fichas Silvia, por favor. Y en cinco hacé pasar a la primera.
Se da media vuelta y se mete en su consultorio.
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sábado, 2 de mayo de 2009

Carta a un escritor

Este lugar, día de hoy de este mes del corriente año

Estimado coequiper:

Hacía tiempo que tenía ganas de ser yo la que te hablara, y no voy a desaprovechar esta oportunidad, aunque confieso que es raro esto de invertir los roles.
No sé porqué a veces me tenés tanto miedo. Yo sólo te ofrezco un lugar. Sí; es cierto, siempre te obligo a empezar de cero.
Está clarísimo que siempre llevás las de ganar ya que yo sólo recibo en mi regazo lo que vos querés que yo sea.
Al principio siento tu pánico; después, tu avanzar tímido, y en cuanto tomás un poquito de confianza... Luego, te quedás mirándome, y pueden suceder muchas cosas: te enojás, te sentís orgulloso, o se te mezclan un montón sensaciones desconcertantes. La mayoría de las veces, después de tomarte tu tiempo, volvés, y me modificás como se te antoja. A veces me dejás guardada en algún lugar y por un tiempo te olvidás de mí. Y algún día sucede algo que te hace recordarme, y entonces, me encontrás nuevamente, y me modificás una vez más.
Tenía muchas ganas de contarte todo esto, porque no entiendo cómo es que me tenés tanto miedo. Vos sabés que yo estoy, siempre. Sabés que hagas lo que hagas de mí, siempre te daré una nueva oportunidad. No me molesta que hagas conmigo lo que se te antoje. Esto no es un reclamo, ni una pasada de factura, ni nada por el estilo; todo lo contrario. Lo único que quisiera es que destierres ese pánico que veo en vos cada vez que me venís a buscar. No muerdo, no voy a saltarte a la yugular, no soy tu amenaza. Dale, che; dejáte de pavadas, y la próxima vez, vení a buscarme sin miedo; siempre voy a estar acá: esperándote, dispuesta, fértil.
Eternamente a tu disposición, con todo mi cariño,
Yo,
la hoja en blanco
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Este texto ha sido publicado en CRUZAGRAMAS
Gracias gigantes a Don Zaiper!!! Y a toda la comunidad cruzagramística!

martes, 21 de abril de 2009

Regreso

De pronto interrumpió su discurso habitual y observó: un nene comiendo chizitos, el movimiento rítmico y monótono de la gente, un celular sonando… Se dio cuenta de que había perdido el hilo de lo que decía. Y pensó en su Mili. Miró nuevamente al nene gordito que no paraba de masticar y masticar. Sintió asco. Volvió a mirar a la gente. Giró hacia el grandote rubio que lo miraba mal. Y sintió más asco. Seguramente en algún otro momento se hubiera enojado con él y lo hubiera increpado. Pero hoy no; sólo observó. A su mente vinieron de nuevo los ojazos de su chiquita. Una sutil electricidad empezó a subirle desde el punto más profundo de sus entrañas. Al instante se dio cuenta de que estaba congelado, paralizado de movimiento y habla. En una fugaz conexión con la realidad vio que pasaba una estación. Seguía congelado. Nadie en el vagón parecía notarlo, la mayoría disimulaba. Sintió pena. La electricidad nacida en sus entrañas siguió subiendo por su cuerpo; en su pecho se hizo cosquillas y en sus ojos, humedad. Raúl supo definitivamente que no valía la pena seguir allí parado. Y pasó otra estación. Una sonrisa de su Mili valía más que la bolsita pesada y rogada de monedas. Y una estación más. Se dio cuenta de que el cansancio que transpiraba no era el suyo. Por primera vez no anheló su mano; demasiado pesado era ya palpar el hastío ajeno sólo con una. Pasaron tres estaciones, un tiempo que sólo unos pocos advirtieron y unos cuantos disimularon. Raúl, de pronto, empezó a hablar, como si alguien hubiera soltado el botón de “pausa”. Agradeció a todos los pasajeros. Su cara, por primera vez en mucho tiempo, se animó a sonreír hasta las muelas. Empezó a abrirse paso por entre el aire sofocante y denso. Demoró apenas un segundo con cada persona. No hizo diferencias, todos recibieron lo suyo. Saboreó el gusto que tiene el otro lado de la compasión.
Al llegar a la cuarta estación, bajó del vagón y apuró el paso. Raúl sabía que en su casa lo esperaban los ojazos de su Mili. Empezó a correr. Llevaba su cara empapada en lágrimas, y en su única mano, apretada muy fuerte, su inseparable bolsita de monedas, por primera vez, vacía.

(Escena montada sobre descripción de escenario realizada por Denise en el tcl-28)

martes, 7 de abril de 2009

La Cita (de cuando un personaje quiso ser cuento)

La pasajera muy apresurada indicó al subir: “Hasta Guzmán y Elcano, en Chacarita”. Y Mario Guzmán supo que “el día” había llegado.
Mario Guzmán tiene cincuenta y tres años. Mide un metro setenta y ocho (aunque nadie lo advierte porque casi nunca está parado). Fuma dos atados de Lucky por día. Su voz es áspera y pareciera que le falta el aire al hablar. Sus cejas son gruesas y tupidas, y sus ojos oscuros tienen esa expresión simpática de sol. Lleva su brazo izquierdo mucho más bronceado que su brazo derecho. No usa reloj. Como único accesorio tiene una cadena de plata con una medallita de San Benito colgada del revés.
Mario Guzmán ha sido morocho por siempre, pero desde hace un tiempo sus canas parecen querer ocultarlo. Es por esto, que una mañana, entre cafés y medialunas de grasa en lo del gallego, se ganó el apodo de “El Cano”.
Ciento cuarenta y dos kilos acusó la balanza, hace algo más de seis años, la última vez que Mario Guzmán visitó a un médico. Seguramente la rutina del salamín con queso y aceitunas, y los choripanes jugosos han sumado unos cuantos kilos más. Así es, que su extensa humanidad se desparrama dentro del taxi ocupando mucho más espacio de el que le corresponde.
Mario Guzmán viste como todos los días su camisa celeste de manga corta y su pantalón gris, remendado en lugares donde la vista no llegaría jamás. Le gusta jactarse de que su auto tiene el volante más lustroso de la ciudad. Esto se debe al detalle de la franela, cuidadosamente extendida sobre su panza, que no deja de lustrar y lustrar a ese volante, en cada vuelta de cada esquina.
Separado de su mujer hace diez años, Mario Guzmán pasa diecisiete horas por día arriba del taxi. No tuvo hijos. Hace ocho años se vio obligado a internar a su madre en un geriátrico. Su padre murió antes de que él naciera.
Quién hubiera dicho; en el mismo “Guzmán” de su apellido, en el mismo “Elcano” de su apodo, en la misma intersección donde murió su padre (arrollado por un tren, hace cincuenta y cuatro años) junto al mismo cementerio donde descansan sus restos; quién hubiera dicho, que ese día, después de dejar a su última pasajera, el corazón de Mario Guzmán diría basta.

miércoles, 1 de abril de 2009

DesNudo

El hecho de no poder creer lo que le decía el Negro, trajo a su mente un recuerdo que tenía borrado. Jorge se vio a sí mismo parado al lado de la heladera en la cocina de la casa de su infancia; tenía siete años cuando preguntó: “Mamá, ¿quién nos ató el ombligo del lado de adentro?”
La mamá le explicó que se trataba de una cicatriz, le habló del cordón umbilical, del ombliguito que se cae, y esas cosas. Por aquellos años, todo lo que dijeran los padres eran palabras sagradas, no existía otra verdad en el mundo.
Jorge creció y vivió sus treinta y cinco años, convencido de que los seres humanos llevamos en el ombligo la cicatriz de nuestro nacimiento. Hasta hoy.
Después de su charla con el Negro, y recordando su inquietud infantil, se propuso averiguar la verdad. Utilizaría para tal fin su propio cuerpo.
Desnudo, se acomodó en su sillón reclinable, y se procuró un anotador y una lapicera, con intención de registrar en el acto cualquier impresión de la experiencia. Armado de una decisión y firmeza que nunca antes había tenido, metió con todas sus fuerzas el dedo índice de su mano derecha en el ombligo. Y hurgó. Muy profundo.
Estupefacto quedó, al sentir que lo insólito se volvía verdad. Su dedo índice se hundía, más y más. Aunque él quisiera, no podía ya detenerse. No había fin. Comenzó a marearse. Todo empezaba a girar. Iba sintiendo una liberación lenta y vertiginosa. Y se seguía hundiendo. Mientras, al igual que el mundo, la frase del Negro le daba vueltas en la cabeza: “El ombligo es lo que nos cierra, nuestro nudo interno; como el nudo de un globo, sólo que del lado de adentro”. El germen más primario de la profundidad de sus tripas se retorcía en una lenta y agradable agonía. Nunca había experimentado una sensación semejante. Sentía que un sacacorchos giraba y giraba dentro suyo, causándole un dolor inconmensurable, y a la vez, ese alivio absoluto tan ansiado y desconocido por el ser humano. Se hundía. Livianamente giraba y giraba. Y a cada vuelta más dolor. Y a cada vuelta más calma. Cada vuelta más rápida. La fuerza centrífuga comenzó a estirar su cuerpo. Con cada vuelta, más blando. Con cada vuelta, más líquido. El remolino giró y giró. De a poco comenzó a achicarse. Desagotándose. Cada vez, menos y menos de él. La fuerza centrífuga lentamente aminoró su velocidad. El girar era ya ovalado. De a poco. Lento. Jorge, hasta la última gota, desapareció de su ser.