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viernes, 30 de diciembre de 2011

Deseo para este fin de año (y para siempre)

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Quiero que deje de ser noticia
ese señor que va en colectivo
con un ramo de fresias
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Ojalá exista la mañana
en que dejen de ametrallarnos
con que hubo dos enamorados en una esquina
para quienes el mundo
dejó de existir
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Que dejáramos de escuchar en los noticieros
las horas y horas
que le dedican al tachero
que dejó cruzar a una mujer embarazada
.
Ojalá
dejara de salir publicado
cada nuevo poema
que le escribe cada nuevo padre
a su bebé recién nacido
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Quiero que dejen de contarme
que todo el barrio huele a jazmín
.
No quiero más relatos
sobre los hermanos
que se reconciliaron para siempre
en un abrazo eterno
y sin palabras
.
En las notas de color
no quiero ver más la foto
de cada nueva visita del colibrí
en la rosa china
.
Quiero que la contratapa
no me muestre
el brillo de la lágrima
que cae rendida
ante la preciosura del atardecer
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La alegría todo invadirá
por fin un día
cuando estos hechos
dejen los diarios
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La alegría todo invadirá
por fin un día
simplemente
porque lo que abunda
no es noticia
.
.

domingo, 3 de julio de 2011

Jornada nocturna

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Un vértigo atroz duerme
dentro de una mujer
deliciosa y llana
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Perdida en el camino
se entrega al mundo
y libre se abandona
.
De niña hundía sus dedos
en la raíz de los sueños
Sueños que ya
no crecen en esquinas
en noches en vela
en faroles apagados
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Recorrido inalcanzable
taconear la ciudad
y pretender el mundo
.
Imposibles doce horas
de víctima recuperada
de noches de vorágine
de entrañas profundas
y de tierra
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miércoles, 13 de abril de 2011

Lo de Alessia

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...Desde la puerta que da al patio se filtran las últimas luces de una tarde de otoño en Barracas. Los tres rayitos de sol evidencian el polvo suspendido en el ambiente. A pesar de que es ventilado a diario, cada nueva gota de aire que entra en él, automáticamente se tiñe de tiempo.

...Hacia la izquierda de la habitación se encuentra el rincón más oscuro. Allí, un espejo, muy añejo. El tiempo le ha ensuciado las entrañas; se tardaría más de tres meses y medio en apreciar las imágenes fantásticas que guardan sus manchas. Sobre él, cruzándolo en diagonal, una escalera que colabora con la penumbra. Es una escalera noble, de esas que cada tanto crujen al suspirar su existencia.

...Hacia la derecha, en el extremo opuesto de la habitación, la pared que linda con la cocina. Es una pared entelada, que guarda celosamente partículas de polvo provenientes de los lugares más insólitos; apenas puede adivinarse su color “hueso” original, mientras que más claramente se advierte un estampado de flores de Liz. La puerta abierta permite ver en la cocina unos cacharros, que recortan sus siluetas sobre el turquesa de los azulejos, mientras que un vapor suave y sutil, indica el punto exacto del agua para el mate. ...La pared de frente, en cambio, está vestida de objetos. No se pueden diferenciar claramente los límites de unos con otros. No se llega a entender en qué punto, esa valijita desvencijada de herramientas deja de serlo para pasar a ser una figura de cigüeña (típica de primer año de metalurgia industrial), que es a su vez una cajita oxidada de mechas, para ser un pedacito olvidado de lija, y un recorte ocre de diario de aquella vez de la entrevista, que es el folleto del negocio de materiales que ya no existe, y se transforma en un estuche que quedó huérfano de su tesoro, para ser una latita de cera de lustre, que es una marañita de estopa sucia, y ese par de piecitas que servirán en algún otro arreglo, y que son ese botón encontrado-perdido, que pasa a ser el anillo que molesta para trabajar, y un parlante que todavía funciona, siendo una antigua caja de galletitas, que se transforma en el sostén, a su vez, todo de sí mismo, y es estante. Son tres en total los estantes que contienen este entramado de objetos sin límites. Aunque bien podrían ser cuatro. O dos. Al igual que con los objetos, no se sabe dónde un estante deja de ser, para pasar a ser otro.

...En medio del cuarto una mesa de trabajo, de la misma madera que la escalera y los estantes. No es un simple mueble puesto ahí; desde su presencia respira pertenencia a ese lugar. Sobre ella descansa un saxo abatido y opaco. Hay también una franela, que desde su facha alardea haber sacado más de cien lustres. Alejada de ella, en el otro extremo de la mesa, otra franela: virgen, celosa, inexperta, casi fluorescente, despidiendo todavía sus pelusas de recién nacida. Un tercio del mueble lo ocupa una plancha de linóleo que alguna vez ha sido verde. Sus cicatrices revelan historias de instrumentos agónicos, y curas milagrosas. Desparramadas por la mesa, unas cuantas herramientas: estecas metálicas terminadas en punta o redondeadas, otras de madera. Algún destornillador, que parece el hijo prematuro de cualquier conocido destornillador de hogar. Herramientas pequeñísimas. Un escalímetro, pequeñísimo también. Un lápiz, irreverentemente largo a pesar de su ancianidad; seguramente tiene el tiempo de los bisabuelos. Y a su lado, sobre un cenicero de madera tallado, descansan las virutas de su eterna existencia.

...Hay en el ambiente olor a madera, a cera, a cigarro, y (no se entiende muy bien cómo ni porqué) a eucalipto. ...Todo allí tiene esa suave pátina de polvo. Los colores se ven naturales, tranquilos, algunos más tostados, algunos más óxidos, algunos más tierras; tierras verdosos que se vuelven ocres sin brillo, que a su vez se vuelven sienas, y pasan a ser grises rosados, y plateados opacos y maderas lustrosas. Colores de cenizas rebeldes y miguitas verdes de yerba, que se vuelven manchas húmedas en papel. Papel amarillo desteñido de taco de escritorio, que se vuelve negro de trazo de tinta. Tinta negra sobre la mesa, que corre por sus vetas. Vetas que se vuelven y revuelven, que son escalera, crujido, polvo, aire, tiempo, música… Música de tic tac. Tic tac de reloj cucú. Y de fondo, y a su compás, el canto de un melancólico clarinete, a la espera de su turno...

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miércoles, 19 de agosto de 2009

Ciento noventa y cuatro

..........................a la memoria de las ciento noventa y cuatro vidas
...........................................que se llevó la tragedia de Cromañón


La tristeza pinta un día ni siquiera gris

Ciento noventa y cuatro gritos mudos
ensordecen su ausencia

El dolor desgarra en silencio
pesa sobre los defraudados
y los lleva hondo
bajo tierra

Los cuerpos apenas soportan el agobio de las almas

Vuelan carcajadas amarillas
flotan
provocan

La impotencia necesita chocar
y no hay contra quien

Una plaga de hormigas negras
con sus cascos, palos y escudos
van y vienen

Otra vez


Inútil


No hay justicia justa

No hay nombre


Una música quedará teñida de memoria
Por siempre
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martes, 21 de abril de 2009

Regreso

De pronto interrumpió su discurso habitual y observó: un nene comiendo chizitos, el movimiento rítmico y monótono de la gente, un celular sonando… Se dio cuenta de que había perdido el hilo de lo que decía. Y pensó en su Mili. Miró nuevamente al nene gordito que no paraba de masticar y masticar. Sintió asco. Volvió a mirar a la gente. Giró hacia el grandote rubio que lo miraba mal. Y sintió más asco. Seguramente en algún otro momento se hubiera enojado con él y lo hubiera increpado. Pero hoy no; sólo observó. A su mente vinieron de nuevo los ojazos de su chiquita. Una sutil electricidad empezó a subirle desde el punto más profundo de sus entrañas. Al instante se dio cuenta de que estaba congelado, paralizado de movimiento y habla. En una fugaz conexión con la realidad vio que pasaba una estación. Seguía congelado. Nadie en el vagón parecía notarlo, la mayoría disimulaba. Sintió pena. La electricidad nacida en sus entrañas siguió subiendo por su cuerpo; en su pecho se hizo cosquillas y en sus ojos, humedad. Raúl supo definitivamente que no valía la pena seguir allí parado. Y pasó otra estación. Una sonrisa de su Mili valía más que la bolsita pesada y rogada de monedas. Y una estación más. Se dio cuenta de que el cansancio que transpiraba no era el suyo. Por primera vez no anheló su mano; demasiado pesado era ya palpar el hastío ajeno sólo con una. Pasaron tres estaciones, un tiempo que sólo unos pocos advirtieron y unos cuantos disimularon. Raúl, de pronto, empezó a hablar, como si alguien hubiera soltado el botón de “pausa”. Agradeció a todos los pasajeros. Su cara, por primera vez en mucho tiempo, se animó a sonreír hasta las muelas. Empezó a abrirse paso por entre el aire sofocante y denso. Demoró apenas un segundo con cada persona. No hizo diferencias, todos recibieron lo suyo. Saboreó el gusto que tiene el otro lado de la compasión.
Al llegar a la cuarta estación, bajó del vagón y apuró el paso. Raúl sabía que en su casa lo esperaban los ojazos de su Mili. Empezó a correr. Llevaba su cara empapada en lágrimas, y en su única mano, apretada muy fuerte, su inseparable bolsita de monedas, por primera vez, vacía.

(Escena montada sobre descripción de escenario realizada por Denise en el tcl-28)

martes, 7 de abril de 2009

La Cita (de cuando un personaje quiso ser cuento)

La pasajera muy apresurada indicó al subir: “Hasta Guzmán y Elcano, en Chacarita”. Y Mario Guzmán supo que “el día” había llegado.
Mario Guzmán tiene cincuenta y tres años. Mide un metro setenta y ocho (aunque nadie lo advierte porque casi nunca está parado). Fuma dos atados de Lucky por día. Su voz es áspera y pareciera que le falta el aire al hablar. Sus cejas son gruesas y tupidas, y sus ojos oscuros tienen esa expresión simpática de sol. Lleva su brazo izquierdo mucho más bronceado que su brazo derecho. No usa reloj. Como único accesorio tiene una cadena de plata con una medallita de San Benito colgada del revés.
Mario Guzmán ha sido morocho por siempre, pero desde hace un tiempo sus canas parecen querer ocultarlo. Es por esto, que una mañana, entre cafés y medialunas de grasa en lo del gallego, se ganó el apodo de “El Cano”.
Ciento cuarenta y dos kilos acusó la balanza, hace algo más de seis años, la última vez que Mario Guzmán visitó a un médico. Seguramente la rutina del salamín con queso y aceitunas, y los choripanes jugosos han sumado unos cuantos kilos más. Así es, que su extensa humanidad se desparrama dentro del taxi ocupando mucho más espacio de el que le corresponde.
Mario Guzmán viste como todos los días su camisa celeste de manga corta y su pantalón gris, remendado en lugares donde la vista no llegaría jamás. Le gusta jactarse de que su auto tiene el volante más lustroso de la ciudad. Esto se debe al detalle de la franela, cuidadosamente extendida sobre su panza, que no deja de lustrar y lustrar a ese volante, en cada vuelta de cada esquina.
Separado de su mujer hace diez años, Mario Guzmán pasa diecisiete horas por día arriba del taxi. No tuvo hijos. Hace ocho años se vio obligado a internar a su madre en un geriátrico. Su padre murió antes de que él naciera.
Quién hubiera dicho; en el mismo “Guzmán” de su apellido, en el mismo “Elcano” de su apodo, en la misma intersección donde murió su padre (arrollado por un tren, hace cincuenta y cuatro años) junto al mismo cementerio donde descansan sus restos; quién hubiera dicho, que ese día, después de dejar a su última pasajera, el corazón de Mario Guzmán diría basta.