miércoles, 24 de noviembre de 2010

Buscapeso

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El horizonte se eleva. El aire se escapa. Ante la vista se alza una pared de tierra. La luz desaparece. Sólo se respira húmedo. El cuerpo siente la desesperación de las manos; manos que sólo intentan escapar, manos de pánico, manos ansiosas que palpan veloz, trémulas de asfixia, manos que sólo buscan salida, sólo buscan aire, manos que sólo buscan luz…
Uno sólo de ellos permanece firme y en pie. El resto sólo busca, trepa, aprovecha y escapa. Entonces el peso sobre sus hombros empieza a ser insoportable. Ellos, de a uno, van reencontrándose con el aire de la superficie, con la luz. Él, que es el más fuerte, sabe que esa es su misión; cargar en sus hombros con el peso del resto, salvarles la vida.
Hasta que por fin se va el último. La tranquilidad de la libertad comienza a asomar; ahora sí será su turno. La respiración se realenta. Por unos segundos reina la calma y la certeza del aire. Ahora sólo resta que lo saquen a él.
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Los segundos se transforman en minutos.
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Y los minutos pasan.
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Silencio.
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Los minutos se hacen eternos.
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Nadie viene a su rescate.
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El cuerpo se le paraliza en alerta a la espera inmediata de su libertad. La respiración comienza a ganar terreno; la respiración agitada. Y los minutos siguen pasando. Afuera, arriba, nada se mueve. Escucha gritos a lo lejos. La esperanza apenas perdida vuelve casi sin haberse ido, alguien se acerca y entonces mira hacia arriba. La vista se nubla. Algo ha caído en sus ojos. Baja la cabeza rápidamente e intenta identificar: es fresco. Y otra vez cae; es húmedo. Y cae más. Y otra vez más; la tierra empieza a caer sobre su cuerpo. Caen sobre él sueños rotos, caen gritos, caen resignaciones chicles pegajosos, caen huecos, fantasías negadas caen; caen filos, empujones hielos, caen escupitajos, indiferencias, caen desiluciones pesadillas ausencias, caen traiciones, atropellos, caen ideales…
Intenta entender, intenta mirar, intenta gritar… intenta. Por siempre intentará; por siempre intentará quitarse el peso, el peso de sus hombros, el peso de su sangre. Pero es impotente; impotente es el peso de su ser: el peso de ser humano.
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8 comentarios:

Jorge dijo...

Excelente la descripción de la desesperación por el abandono. Donde para "ser" dependemos de los otros. Y los otros sólo te sepultan, un regreso con todo. Besos.

**VaNe** dijo...

Jorge: que lo digas vos... se siente una ante un auténtico "elogio desmedido" ;)
Gracias! Besos!

Literalia dijo...

Querida VaNe:
Estoy gratamente sorprendido de tu estilo narrativo. A más de elocuente, tus frases invitan a detenerse unos segundos para reflexionar y luego seguir adelante.
Te felicito de todo corazón:
Arturo Juárez Muñoz

**VaNe** dijo...

Literalia (Arturo Juárez Muñoz): Te agradezco enormemente tu apreciación; me honra sobremanera. Sos "bienvenidísimo" en La Aldea, te invito a que la pasees a piaccere.
Millón de gracias!
Saludos!

Agostina Cánova Kuessner dijo...

Vane, sencillamente hermoso el efecto de asfixia que lográs (suena contradictorio no?). Se me cerró la garganta, y una angustia empezó a subirme, por la intuición del final.
Felicitaciones, es reconfortante leer un texto que te cale hondo!
Gracias!

**VaNe** dijo...

Agostina: Qué bueno haber provocado todo eso!! Misión cumplida contigo entonces! ;)
Gracias por pasar! Besos!

Máximo Ballester dijo...

Ese es el gran peso, sí, existir.
Qué bueno. Me sentí ahí, Vane. Me encantó. Gracias. Tres besos.

**VaNe** dijo...

Máximo: Muchas gracias por haber aceptado pegarse el viaje ;) Abrazo inmenso!