jueves, 23 de julio de 2009

DesEspera

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Un hombre está sentado en una sala de espera. Su pierna derecha no para de rebotar. Sentado, se inclina hacia delante. Luego, se inclina hacia atrás. Mira a la secretaria. Se vuelve a inclinar hacia delante. Mira de reojo el reloj pulsera de la señora sentada a su lado, pero no alcanza a distinguir. La mujer lee una revista y la posición de su muñeca hace que el reloj quede hacia abajo. El hombre se da cuenta de que es en vano seguir intentando. Sin dejar de rebotar su pierna derecha pasea su mirada inquieta por la sala. Descubre el monitor de la computadora de la secretaria. Se estira para ver, agudiza su vista; pero no, está demasiado lejos. De pronto la mirada se le enciende, empieza a palpar su saco. Tantea con su mano los bolsillos internos y externos. Se incorpora apenas y tantea su traste. Desilusionado, vuelve a acomodarse en el asiento. De a poco, la pierna derecha comienza a rebotar, cada vez más rápido. Ahora el ritmo del movimiento es acompañado por el tintineo de un par de monedas chocándose en su bolsillo. La señora de al lado se empieza a notar molesta. La joven que se encontraba sentada en el rincón se levanta y le pide a la secretaria prender el televisor. Al hombre le vuelve a brillar la mirada. La chica enciende la tele y sintoniza la novela de la tarde. La cara del hombre vuelve a apagarse. Por un breve momento la pierna había suavizado el movimiento, pero en cuanto ve la novela el rebote gana nuevamente velocidad, produciendo un tintineo más intenso de monedas. La chica sumándose al fastidio de la señora, sube el volumen del televisor para silenciar las monedas. El hombre se da cuenta, y sus movimientos son cada vez más bruscos. La secretaria que mira la escena niega fastidiada con la cabeza, resopla y vuelve a su planilla. El barullo reinante en la sala se ve de pronto interrumpido por el ring del timbre. La secretaria se levanta a abrir la puerta. La recién llegada saluda y pregunta a la secretaria si habrá mucha demora. La secretaria contesta que en cualquier momento el doctor comenzará a atender ya que son las cinco menos cinco. Los ojos del hombre ahora sí, se iluminaron, como quien se entera de una nueva verdad desconocida pero presentida. Su pierna ha dejado de moverse. Sus ojos pasean ahora de una en una por todas las pacientes de la sala. Por fin, con el gesto muy alegre, se levanta, saluda a la secretaria, mira su reloj pulsera, y dice:
- Pasame las fichas Silvia, por favor. Y en cinco hacé pasar a la primera.
Se da media vuelta y se mete en su consultorio.
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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Ja,ja,ja... Muy bueno...
Adilen

Inés dijo...

Excelente!!!! Jajajaja!!!!!!
besos
te queremos ;)

Anónimo dijo...

Excelente! esa inquietud interna que pareciera que brota...justo, en la sala de espera de un consultorio! jajaja
Muy bueno! Besos
Valeria Giordano

J.P.D. dijo...

Muy bueno!! Final sorprendente.